No espero, tanto, una aprobación a mi vida ni una mano que acaricie
Solo tengo preguntas a la nada y miradas y caricias para todos
No doblego ante mí ni por un poco la posibilidad de comprensión ante todo ni el poderoso sentido de la imaginación ni una mirada perdida —cual de niña—
Y en ese poderoso hecho de pensar olvidar el raciocinio por un rato y dejarme ser por el vértigo
Un ojo de agua que llueve la incongruencia que el viento le roba a la luna
Un sopor seco que aprieta y apremia la garganta de ese fósil colgante que es mi cuerpo lábil débil grave palabra
La quietud instalada en lo profundo de una ciénaga ciega presurosa oscuro rezo de un olvido que ahoga y grita sinrazones nada ciénaga cien nada nada cierra
y un piano con un solo en fa mayor y una música sin verbos como esta poesía que no cumple con eso
Recóndita huella de un pasado que no fue ni mejor ni peor sino pretérito anterior (obsoleto y arcaico) pero sin un dejo de perfectivo , o no, solo eso la rayuela pisada y borroneada en las baldosas gigantes de un colegio en la calle Esmeralda
La ventana lagrimeaba. Y él se preguntaba dónde había perdido su sombra. Los cigarrillos apagados, pero todavía humeantes, se acumulaban en el cenicero que parecía gritar «basta, cuidá tus pulmones –o al menos dame aire a mí–». El bollito de papel con una sentencia atiborrada de nada, y de todo, estaba frente a él, mientras él mascaba vaya a saber qué cuestiones de qué índole cuasi filosófica, o filosa, por lo menos. Se apretaba las manos, se mordisqueaba los labios, hacía ruidos guturales, como si alguno de esos gestos, bien lo sabía, innecesarios, lo fueran a distraer de sus pensamientos. Miró la biblioteca y se preguntó por qué tantos libros que no leía. Y algunos, mal escritos. La migraña volvió a atacarlo con sus dedos punzantes, deslizó un quejido y se estiró como un gato, decidió estirar sus largas piernas y salir de ese letargo inhumano. Se corrió el mechón que a su edad ya tenía que dar por muerto, se paró con fiaca y se fue.
No había más papel higiénico, ni jabón. Lo anotó en una página en blanco de un block imaginario y se encaminó, mejor, a prepararse un mate cocido. «No importa», se dijo, «podés bañarte con jabón blanco», continuó. Abrió la lata de yerba, puso la pava en el fuego de la izquierda, al fondo, y se recogió el pelo con una birome vieja, sin tapa, carcomida y seca. Buscó en el lavadero el jabón blanco y al mirar los broches se dijo que, tal vez, eran más acordes para su rodete pre-baño. Sonrió con una mueca extraña.
«Poder de síntesis, ¿dónde estás?». Agarró la tijera y cortó el flequillo que lo venía acompañando desde su adolescencia; pero sabía que, al igual que esos pelos que se iban por el agua del inodoro, la tenía que dejar ir. Puteaba de manera inusual cada vez que veía en la tele a un pseudo-psicólogo que hablaba de adolescencia tardía. «¿Quién era el dueño de los tiempos internos? ¿Acaso había clics que determinaban, como hitos históricos, cuándo uno pasaba de una etapa de su vida a otra?» Recogió las llaves de arriba de su escritorio y salió, no sin antes darle agua a la tortuga. Afuera llovía, pero no usaba paraguas.
El agua caía y caía. Tibia, sobre su piel. Se estremeció. Cerró los ojos de golpe, pero pronto se dejó estar por esa agua que se deslizaba por su cuerpo, por su pelo, como un mimo suave. «Amniósis», pensó un neologismo, su pasatiempo preferido. Tomó los pedazos informes de jabón blanco y comenzó a deslizárselo por el cuerpo. La espuma la retrotrajo a su infancia e instintivamente, una reminiscencia con aroma a coco se apoderó de su baño. Suspiró.
Miró para todos lados. Y miró para abajo, el ruedo de su pantalón era un caldo que se iba a transformar en una gripe a muy corto plazo. Encogió los hombros, ¿qué otra cosa más podía pasarle?. En ese momento sonó el celular, dudó entre atenderlo o no. Dejó de lado, una vez más, al azar y atendió. La voz del otro lado, luego de unos segundos, le provocó, en ese orden, sobresalto, intriga, sorpresa y sonrisa.
Cerró las canillas. Tomó la toalla y el pomo de crema para el cuerpo. Siguió con el ritual de cepillo de dientes dentífrico enjuague e hilo dental. Desenredó el pelo con antipatía y gozo a la vez, por lo largo que lo tenía. Entró Ismael a tomar agua del bidet. Le acarició el lomo. Cayó la toalla a sus pies.
De golpe, la ventana dejó de llorar. En la pared de al lado, la pava hervía.
Tus ojos se cerraron por un rato, y tu pecho late al compás de tu ronquido suave, que es música y aliento a vida en mí… Tu boca, a la espera de un furtivo beso, se abre almibarada impunemente sin darse cuenta de ello. Y tus alas quedan plegadas en tus omóplatos, protegidas de los roces de este mundo, que te hace caminar, paradójicamente, con esa tranquilidad y seguridad que me abruman, que me quitan el aire, haciéndome presa de una envidia sana por no saber (¿poder?) manejar los borbotones de sentimientos que se anidan en mí. Y hago una espiral con mi cuerpo y me acuclillo a tu lado, a la espera de ese abrazo que, más temprano que tarde, llegará. Y me quedo embelesada observándote, e imagino esos sueños que nunca recordás: un castillo de cartapesta de tu infancia, una charla que tuvimos, uno absurdo –como todos–, uno musicalizado por vos, hay tanto que podrías soñar… Y me conformo con suspirar, apagar la luz, y soñar con vos…
* o «mi» Plegaria para un niño dormido… (solo que vos no creés…)
Vos y la vida se empeñan en hacerme tirar para adelante. Y la garganta que me duele por alguna angina mal curada o un frío mal chupado o un grito que se [me] atraviesa ahí mismo, se siente más suave y menos dolorosa. Y está tu caricia contra cada raspón, contra cada ceguera por broncas, por una inspiración que no llega, por la exigencia contra un mundo que no es ni mejor, ni menos peor, ni nada más que un mundo real. Estás vos, ojos chinos, beso, ojos y abrazo eterno. Pero la vida no da golpiza sin puntada, ni sin hilo, ni sin ring, porque ahí algo bello aparece: menos bronca, menos gritos, o una palabra inesperada en un contexto inesperado, y tal vez una presencia que no sé si alguna vez se fue, o la olvidé, vuelve sin que una la llame. Y el resultado da sonrisa.
¿Ves que el cielo no se puso tan negro? (...o a mi locura se le pasa enseguida...)
Hace frío. Mucho. La última vez que escribí unas líneas, el calor abrasaba. No tengo trabajo fijo. Aún. Y espero tenerlo pronto. Y eso me hace dormir mucho. Desear estar lejos de la computadora –sumado al dulce hecho de que la compañía no me genera ganas algunas de enfrentarme a los rayos catódicos–. Quiero terminar la bufanda antes de que empiece el invierno, y durante quince o veinte días, como el año pasado, tejeré menos que nunca, escribiré menos que nunca, descansaré menos que nunca, estudiaré menos que nunca –al menos con una excusa válida–. Anoche le decía a Gas que la net me está aburriendo, o me está aburriendo el circuito habitual de revisarmailsvisitarblogscomentaralgogooglearsalir, no sé, estaré viviendo algo que me conduce a otro lado, a otros perfumes, tactos, sabores, miradas, lecturas, cabezas abiertas, sensaciones que un frío monitor no me da. Y es eso. Siempre me consideré cálida, con necesidades de abrazos, de sentires, y hoy la pantalla no me lo da, no me responde. Ya me dio lo que necesitaba para ser feliz, ¿y ahora? Por eso es que no estoy escribiendo, porque los post que fueron surgiendo se diluyeron en mi vida real, en carnes, en lágrimas, en carcajadas y caricias que estremecen en serio, y no en espasmos artificiales con gusto edulcorado. No. Y acá estoy, con un resfrío que me resquebraja la nariz, pensando en cosas que tengo que hacer y comprar, soñando con la bufanda terminada, pero real, viva, viva y no virtual…
Hace un tiempo que no me detengo a escribir un texto comprometido, unas letras que traspasen mi metro cuadrado, que me interpelen la conciencia. Y de a poco, miro un poco más allá y me pregunto, luego de un lunes que hacía un par de años no tenía, qué pasará en este mundo loco que se empeña en bañarse de sangre y violencia, de vestirse de guerra, de hambre y egoísmos. Y lamentable y tristemente no encuentro respuesta a ello, los discursos se me tornan aburridos y poco sinceros, con amplia cantidad de demagogia y mentira con ojos bien abiertos. Pienso en los chicos con hambre, invadidos de droga y desesperanza, sumidos en una marginalidad de la que no tienen escapatoria, ni posibilidad de reinserción alguna; pienso en los ojos tristes y desesperados de tantos padres sin trabajo, mutilados en su dignidad, con perspectivas corrompidas por la realidad de la que todos somos responsables, si no culpables, y hasta mis palabras las presiento vacuas, vanas, huecas, deformes, y me pregunto dónde está el futuro. Y cuando la convocatoria es masiva, cuando los ideales brotan como flores, la piel se me pone de gallina y vuelvo a cuestionarme, una vez más, si tendrá sentido eso, si el mundo sigue igual…
Su piel blanca estaba sobre la cama. Y él, a su lado.
Las sábanas se elevaban cada vez que respiraba, mientras que sus ojos verdes y cerrados daban cuenta acerca de la visita de Morfeo, sus manos se deslizaban como radares siguiendo los movimientos de él.
Y él estaba a su lado, vigía silencioso y enamorado, no descuidaba ni uno de sus respiros ni de sus latidos acompasados (según él le había dicho, su ritmo era perfecto). La observaba casi como esperando que despertara y, al mismo tiempo, evitaba oscilaciones que pudieran despertar a su princesa de vaya a saber qué sueños dulces.
Ella le contó que una vez que se durmió a su lado, se despertó con su propia risa sin recordar sueño alguno, pero al encontrarlo entre sus brazos, supo la razón de semejante gozo.
***
Tenía los ojos tristes, esas ráfagas de sol que tenía para mirar la vida como un nene estaban empañadas, y ella, con la garganta llena de angustia, no sabía cómo hacer para desterrarle el dolor. Solo era una jaqueca, un esbozo de cansancio, pero a ella –como siempre– el mundo se le deshizo en un instante como una torre de naipes: su alma estaba frágil, su fortaleza estaba débil. Lo abrazó, lo contuvo en el hueco de su pecho, y se sintió grande en su pequeñez física…
***
Sus ojos hablaban de amor, sus manos irradiaban más que las caricias que decían, y ninguno comprendía el significado mismo de esa realidad que había superado las barreras del tiempo y de sus historias llenas de moretones.
Una nueva dimensión circulaba entre ellos, eran artífices de una conexión extraordinaria, de gestos insospechadamente poéticos, donde a escasos espacios de lugar y tiempo, las palabras de uno, el otro repetía.
Y así era: el sabor dulce de la melaza estaba presente cada vez que estaban juntos, en cada beso refulgía el efecto residual de sus ojos…
Las palabras se quedan quietas cuando los ojos miel se hacen anchos, y al instante siguiente, rayitas horizontales... La piel se eriza y se cubre de gotas que refulgen y reflejan nuestras sombras que ella misma estremece y la fragmenta en celulas sensibles al roce... Tu boca en flor se abre a los besos que mi lengua inventa en el deseo que nos cubre... Tus manos, pájaros de verano, me invaden de cosquillas en cada fibra latiente de mi cuerpo... Y en el instante mismo del gozo, donde se pierde el sentido mismo, cobra valor el amor que nos tenemos...
Salí apurada –como últimamente, debo reconocerlo–, y como ya era tarde, muy, disfruté del mediodía a todas mis anchas. Abrí el manual y busqué algunas cosas que justificaran mi traslado hacia el trabajo, que se me estaba tornando algo arduo y aburrido, porque ni siquiera hay mucho para hacer; lo que me hizo pensar que comenzaba a dejar de ser divertida la idea de «Pasantía rentada» que yo tenía al principio. Luego de un rato de viaje, cerré el libro, y a poco de llegar a mi destino, escuché:
—Mami, yo quiero un marido millonario. —Dejá de decir boludeces, por favor.
No pude más que darme vuelta y sonreir.
—La chica se dio vuelta. —Y, si decís pavadas.
Volví a darme vuelta y dije: —Cuando seas grande van a haber otras cosas que te importen más —cambiamos miradas con su mamá, con ella, me incorporé, acomodé mis cosas, me levanté de mi asiento y me fui al fondo para bajar.
Ahí me di cuenta de que el rayito me está atravesando de a poco, y que estoy siendo feliz con mi circunstancia, con mi realidad, con los proyectos que asoman, y con los abrazos con ojos color miel... *
Ya van a cumplirse tres semanas desde que volví de las vacaciones introspectivas, y la mochila espera que la termine de desarmar; y en estas tres semanas se acercó mucha gente a mi blog y sucede la vida con ello... Mientras tanto, vuelvo a encontrarme en búsqueda para saber hacia dónde ir, qué resolver con mi vida profesional, y también se suceden vorágines inexplicables y mañana voy a una imprenta por mi propia cuenta (¡cuanta cacofonía junta!). Mi pc está medio envirusada y hay algo que me marca y no sé qué es, algo así como una decisión por tomar, por seguir y avanzar como en el Juego de la vida... Ayer un compañero de laburo me sorprendió con un regalo por un favor que hice por humanidad..., y eso me da la pauta de que algo se hace bien. No voy a sospechar más por mis movimientos internos, solo quiero disfrutar del sabor del chocolate, y tratar de caminar derechita... ...aunque sea a mi ritmo...