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jueves, septiembre 30, 2010

Yo 2.0

El placer del texto es ese momento en que mi cuerpo comienza a seguir sus propias ideas –pues mi cuerpo no tiene las mismas ideas que yo–.

El placer del texto. Roland Barthes



¿Hasta cuándo mi cabeza se apoderará de mí, de mi boca, de mi cuerpo, de mis humedades y mis manos?
¿Cuándo dejará de invadir mis pensamientos, traspasar mis discursividades y arrasar mi lengua para vomitar palabras innecesarias?
¿Qué ocasionará la vibración extrema de mis visceras que no se calman siquiera con los miércoles blancos y rojos, y solo puedan descansar bajo los influjos de las yemas de mis dedos?
¿Por qué el estremecimiento y mi piel alerta, que me hacen arquear como un violín?
¿Cuál será la receta para el silencio, para resguardar y proteger mi intimidad más preciada?
¿Cuál?


Time of your life. Green day

domingo, agosto 27, 2006

Te la debía

A Oliverio, con total amistad

Me bajé del auto y pensé que por nada en particular –te lo juro, aunque a ésta altura ya sé con cierto escalofrío que me conocés casi como un gajo de mandarina a su cáscara, a su hollejo…, hacés unas asociaciones libres tan acertadas, que a esta altura de la madrugada me molestan por lo certeras, por lo atinadas, justas…–, pero con entusiasmo y ganas quería decirte esto.
Y me cansa mucho justificar cada gesto, vocablo, y que me mandes a que analice lo que apenas conocés con una agudeza que me espanta, me molesta porque si bien es sano, es complejo, hay una conexión que nos lleva a recordar que “me” debías una canción (y yo que pensaba que no te acordabas de nada…, bueno, está bien, lo reconozco: mis inseguridades de bolsillo, de papel metalizado, del berreta), o a olvidar preguntarte por un cantante que nombraste hace poco, o a que el reloj se coma las horas de manera inverosímil, y las preguntas queden en el cajón del tal vez o el nunca… Me encantó reconocerme en un nosotros espiritual. Sin embargo, a pesar del once de marzo, me tranquilizó tu elección en pos de escorpio, ojos de hombre cansado y feliz.
A veces hay almas que son mariposas de un día: rozan apenas la vida, pero la embellecen. Y en eso estoy, tratando de descubrirlo, yo el icono de la muñeca americana por excelencia, y aquí me hallo, contándote que espero un búfalo –o un ternero sin destetar (risas y aplausos de tu parte) – y un trabajo que me aproxime a una pseudo felicidad, y mientras tanto te dejo en tu ensayo de mañanas tempranas…


No existe el caracol, sólo que ni Ana ni yo dormimos en este instante…

miércoles, junio 21, 2006

Una vida, mil vidas...



¿Quién alguna vez no soñó con tener una historia de amor de película? Esas donde los protagonistas se desencuentran, se conocen a destiempo, viven historias imposibles, pero en algún punto, intensas…

Hoy quiero regalarte estas líneas, como cierre de ella, que los dos sabemos que no era propiamente una historia de amor…, sino un movimiento de esternón a velocidad equivoca…

Quiero decirle gracias a la vida por sentir, por los cincuenta minutos de teléfono, por tu desnudo apurado y tímido, por tu voz baja confesando sentires inapropiados, imaginando un encuentro casual por calles de algún barrio, reconociendo mis ojos celestes que casi no viste…

Me cuesta imaginar tu sonrisa, aunque todo el tiempo estás riendo, con esa actitud tan tuya de lo positivo como lema imperturbable ante la vida, a pesar de que muchas veces te pintes de azul, como esa música que se desgrana de tu guitarra…, en los momentos íntimos de sublimación… Desgarros musicales…

Y hay huequitos vacuos que llenamos de perfume a magnolias, o de cenizas de alguna flor seca, de miradas que no fueron ni serán, de ojos llorosos, o voces roncas, o risas de antaño que no podemos imaginar siquiera, de abrazos contenidos, de caricias en la cara para correr un flequillo, o un beso en una lágrima de impotencia…

Se anida en mi pecho abierto, blanco y cremoso, como de alondra, ese sentimiento dulce que quedará enquistado en mi memoria de jardines fragantes, de recuerdos tiernos, infantiles, inocentes, inocuos, de pureza blanquecina, de no miedo, sino de valentía por pasar por ahí, sin siquiera arrancar una flor…

Y será una vida más en las miles que tenemos cada día, a lo largo de toda ella, inconmensurable y mínima a la vez…

Historias de XX y XY

Presuntos implicados

Tenía la vista perdida. En el monitor apagado. Agarró las llaves del auto y caminó hacia la puerta. No podía sacarse a Nico de la cabeza. Y pensaba también en Martín, y en Lucio, y apretó los ojos. No quería lágrimas.

Saludó al sereno, levantando la mano derecha, y se subió al auto.

Puso el cedé de The Cardigans, y se perdió en la música de sus pensamientos. Y volvieron Nico, Martín y Lucio, uno a uno, y alternando su orden cada vez.

Recordó la primera vez que habló con Nico, había sido a través de un mail para una nota del diario. Nico era fotógrafo. Y era sensible, y era cinco años mayor que ella, y era soltero. Ella no. Y tenía a Martín, que era un sol, y al que no pretendía traicionar, y a su chiquitito, a Lucio, su hijo.

Nico era maravilloso, era comprensivo, sintonizaban en muchas cosas: pensaban absolutamente todo, se cuestionaban una y mil veces cada paso dado o por dar, se reían de las mismas pavadas, giraban como casitas de caracoles hasta encontrarle la salida a cualquier “teoría metafísica”. Eran enroscados los dos. Pero algo no estaba yendo bien, o tal vez, estaba siéndolo demasiado, y eso sí que era un problema.


* * *

Valeria es divina. Pero no me banco más esta situación. La quiero mucho como persona, me hace muy bien su cercanía, pero yo no soy un hijo de puta, y están Martín, y Lucio, y no va, también los quiero. Me da no sé qué.
Voy a hablar con Vale, y me va a entender…


* * *

Le costaba sacarse de encima la imagen de los ojos verdes de Nico –porque habían decretado entre los dos que era necesario descartar el azul–, pero conjunta e inmediatamente le venían los ojitos almendrados de Lucio… Sacudió el aire, como si de moscas se tratara, para disipar las dudas…, y las lágrimas. Volvió a pestañear, con pestañeos cortitos y nerviosos. Ansió llegar a su casa y dormir.

* * *

No tengo ganas de preguntarme por qué nos cruzamos ahora, pero es un hecho, y hay que convivir con ello.
¿Cómo puede ser? Si pasé por tantas…, y por cosas jodidas…
Soy un pelotudo. Yo, que fotografié a ese “torturador de mierda”, o que estuve en situaciones tan chotas, ¿cómo puedo estar hecho un flancito? Siento que si me soplan me desmorono… No puedo sentirme tan vulnerable, ni quiero complicarme, ni sufrir, ni mucho menos complicarla a Vale.
Otra vez el caracol de mierda. El enrosque, la vuelta.

* * *

Era tarde ya, pero el camino a casa estaba transitado. Y recordó que de más chica, había tenido amigos que luego devinieron en amores, y en amantes, y la relación no volvió a ser la misma, pero porque tampoco había sido ese su origen. Entre ella, y esos amigos el aire se puso pesado, irrespirable, no ese puro de antes que destapaba cualquier catarro, todo lo contrario, y el catarro llevó al ahogo, y a la consecuente muerte de la amistad, de hecho, de la relación. Y lamentó profundamente la pérdida de esos amigos, de esos confidentes. Ahora, no sólo no podía permitirse eso, sino que iba a ser egoísta por una vez en su vida, e iba a elegir conservar a Nico… Su amistad era invaluable para ella, y no quería perderla. Tampoco a Martín, ni a Lucio, ellos eran “sus” hombres. Nico no, era otra cosa.


* * *

Todo esto fue motivo de charlas de café –¿excusas?– con ella. Pero lo mejor es esto. Es preferible renunciar a una fantasía, que perder mi amistad con ella. El riesgo de saltar esa cornisa es enorme, y el resultado puede ser nefasto: el vacío, la nada…


* * *

Se debatía constantemente en querer hacerle sana sana y soplarle las heridas a Nico, y la ternura, el amor incondicional, y la constancia de Martín. No era justo. Para nadie. Para nada. Pero eso era así. Se chocaron justo, en el camino del cansancio, del tedio, del blues (¿te acordás de Blues Motel? le preguntó él una tarde…), pero no era posible. Ni siquiera imaginarlo.

* * *

Ella me pidió que desandara mi entusiasmo. Yo, que no diga más “por ahora”. Soy muy sensible a sus palabras. Lo llamo el “Síndrome Valeria”.
Desandarse, no desnudarse. Desandarse, si desnudarse –las almas–. Y ahí sí, reciencito nomás, un abrazo como alas.

* * *
Las luces de su casa estaban prendidas.
Estacionó el auto. Tomó aire. Suspiró. Cerró los ojos dos segundos. Y bajó del auto.
Sonrió: Martín y Lucio estaban en casa…

sábado, junio 17, 2006

CMYK (relatos fragmentados de una noche divina)





Flores de otoño

Empiezo a escribir estas líneas arriba del colectivo (contradicción en sí misma con el mundo del blog, pero auténtica situación para el que escribe). Lo más loco es que el único papel que encontré con algún espacio en blanco dentro de mi multifacético bolso es un Diagrama de Gantt para el trabajo de Fundamentos, de fin de año –del pasado–… (¿señal del destino…?)

Hoy me siento más linda, gracias a vos, o mejor dicho a tus titubeos, a tus avances y retrocesos, o tal vez a ese reflejo en mundos paralelos que encontramos en el espejo que es el otro. Hoy me siento más linda, con mis botas viejas, mis jeans gastados, mi polerón que compré el primer año que me fui de vacaciones sola, con mi raído sacón verde, me siento brillante, luminosa…

Hoy me quiero lavar la cara –no las manos– por los dos, pero quiero decretarte, por ahora –o para siempre–, mi Oliverio personal…

Hoy me mostraste algo, y no te diste cuenta, no importa: será mi tesoro. Estoy contenta con y por ello.

No sé por qué pienso en Cortazar, pienso en La Maga, ¿será por la cercanía del parque? No lo sé. Y me acuerdo del día que encontré la tumba de Cortazar y leí una carta que le había dejado La Maga (no la real, pero sí el reflejo de tantas otras que lo son, que lo fueron, que lo somos, que lo fuimos...). Había un reloj, también, en su tumba. Hoy, para mí no hay tiempo, no me importa.

En la esquina de mi laburo hay un vendedor de flores, que está sentadito al lado de una panchería desde el verano, y sin embargo, y a pesar de que sea otoño, tiene flores todo el año: tal vez sean más opacas, de colores más pálidos, más cyan, más magenta, más amarillas –no sumadas, porque no dan negro…–, tal vez sin perfume, casi secas, pero me da ternura, siempre acomodándolas, algún día voy a comprarle algunas, pero me alegra: porque hay flores a pesar del otoño...

Fiesta

Hoy me animé a comer sola, afuera, por primera vez, mientras esperaba a Lore y Juan (¡toda una decisión!). Ya había ido al cine y al teatro sola, pero nunca había hecho esto porque me causaba cierta tristeza ver gente comiendo sola. Pero uno mismo no es una mala compañía, todo lo contrario, sobre todo cuando encontrás un lugar acogedor que te recibe al son de Naranjo en flor, canción que siempre me pareció encantadora la cantara quien la cantase. Y la guitarra, como compañera, nunca falla.

Hay lugares que son de uno, y otros, que no. San Telmo no me decepciona nunca. No sé si me hubiera animado a esto, en Palermo.

Hoy, definitivamente, me volvió el alma al cuerpo, por muchas cosas: las berenjenas con pan, el vino –otro compañero irremediablemente fiel ¡servido en vasijita y vaso de cerámica!–, el momento conmigo, San Telmo, la guitarra de fondo, mi propia música interior, saber que vendrán los títeres dentro de un ratito…, la comida casera –aunque no sea de “mi” casa– de Mendoza (¿?). Y me encantó escribir en papel, en el momento mismo de la vivencia, de la sensación, como hacía mucho tiempo no hacía, para luego “colgarlo en la red”, para gritarlo a los cuatro vientos y compartirlo.

Y pienso en los títeres: eso habla mucho de mí, porque me quiero mostrar, pero no exponerme…

Suena Fiesta de Serrat, y todos cantan: los dueños del lugar y yo. Y estoy sonriendo, sola, con el alma nuevamente hilvanada a mí, abrazada, ella y yo, felices.

Agarro mis cosas –luego de cruzar dos palabras con la dueña del lugar y la chica que me atendió– y me despido para irme, agradezco la hospitalidad, ¡y me saludan con un beso y un abrazo! y Pocha –a la que veía por primera vez– me dice que vuelva y me regala un retortuño y me aclara que hay que regalárselo a alguien que valga la pena…, y que no me lo cuelgue, pero que lo lleve conmigo siempre. Me dio un abrazo, y me fui. Afuera hacía un frío que helaba, pero yo tenía el corazón cálido…


Sombras de ensueño

Crucé Independencia y enseguida la vi a Lore, me dijo que Juan estaba adentro. Nos fumamos un pucho y entramos. Yo no sabía qué íbamos a ver, porque si bien yo había insistido en que me acompañaran al festival, la info que había recabado al respecto era bastante escasa. No sé si fue Juan quien lo dijo, o lo leímos en el programa, pero supimos que era teatro de sombras. Me alegré mucho porque “las sombras” eran una deuda que me tenía.

La obra fue genial, pero lo aún más lindo fue que al terminar nos acercamos a felicitar a los titiriteros y al hacerles unas preguntas –que quede claro que no los conocíamos– nos invitaron a ir tras las bambalinas y revelarnos sus secretos. Para los que frecuentan el teatro, saben que este no es un hecho muy habitual.

Ahora me voy a dormir, rendida y feliz, tras una jornada llena de sorpresas y de mimos al alma…