Ayer vi un perro lámpara y soñé con espejos y aletargué la muerte otro rato y pensé en campos de cerezas y lagrimeé un rato –como siempre– me refugié en cajasbobasconsuelo y dije: «pongo un freno» Y hoy, algo hice.
En un espacio inédito y palabras que no quiero ni puedo sacar. Y hay miles y miles de preguntas como calesitas multicolores y una fuerza que me hace pleniúnica y plenilunar... No necesito a nadie más que a mí para este encuentro que me llena de orgullo porque solo soy yo... Y las preguntas las vuelo como a moscas y que sigan hacia otro lado total la que es de carne y hueso y sangra y late soy yo ellas, pobrecitas, son parásitos de mi cabeza...
En este tránsito lento que es mi coyuntura actual, la semana pasada buscando un libro para mi cuñadita menor –tiene once años recién cumplidos–, encontré un libro de mi infancia y dentro de él, una cascada de recuerdos. Y por diferentes momentos estuve entre aquí y allá. Y se sintió tan bien...*
*ojala me mires a los ojos y la nena que soy te enternezca, te haga un guiño y salga a jugar con tu alma tierna...
El perfume a flores recién cortadas a la salida del subte la abrumó. Pero le sirvió para sacudirse su encogimiento. Esa sensación la llevo, irremediablemente, a recordar las palabras santateresianas que su madre esparcía a su alrededor cada vez que ella se embrollaba en situaciones sin retorno. Romaria miró al cielo y descubrió que una musica funcional que no combinaba con su interior iba subiendo desde sus pies a la cabeza. Temió un vahído. Falsa alarma. Mientras el contexto se confabulaba con el cielo celeste para ignorarla, ella seguía caminando sin rumbo y hacia algún lugar. En otro kiosco de flores vio un tulipán rosado. «Los tulipanes nunca tienen perfume», pensó; y como sucede siempre en los soliloquios, no obtuvo respuesta. Llegó a su casa, saludó, hizo un llamado telefónico y se acostó sin prisa y sin pausa. Esa tarde durmió una siesta tranquila. Se despertó de noche y con desazón, pero descansada, «¿Y ahora qué?», soliloqueó nuevamente. Estaba inapetente y el humo del cigarrillo la circundaba en un abrazo impreciso y aburrido. Decidió que no estaba en condiciones de seguir embaucándose en teorías que no la llevaban más que a un umbral agónico y sufriente. Pero su vida no era dramática, era ella la que se sumergía en las aguas fangosas de la angustia por merito propio, nadie la empujaba hacia ese lugar. Tenía que mover su vida hacia otro rumbo, tal vez no tan desconocido, pero salir de ese ahogo estupido e irracional. Tenía que tomar esperanza, aunque sea de una canción, de un gesto o palabra amable. Lo sabía, había alguna salida.
Sonrisa plátonica para un desquicio y una lágrima que me hacen demente
Y poemas-nada y todo y la puerta abierta hacia un patio de juegos y el olvido fortuito de una tristeza que ahoga
Y la plena conciencia de un cambio inminente que salve mi historia y borre la sonrisa platónica y la iguale a una felicidad que calme mi alma enjaulada y serene mis parpados y entierre la congoja y olvide lo que significa y no sea un ancestro ni siquiera a remembrar
Brotes de ternura
en este espacio blanco que es mi interior blando blanco pintado de pajaritos y mariposas incomprensibles
¿Alguna vez sabrás que había detrás de estos cuencos que di en llamar «de jade» –para que así los nombraras–, ese febrero tibio? ¿Pensás, de verdad, que es cierto lo que imaginabas? Yo solo esperaba magia, y encontré mucho, mucho más que eso...
Pero no importa, porque hayas pensado lo que hayas pensado, imaginado, sentido, ese febrero, esa noche que fue mucho mejor que la mejor película de amor que yo hubiera imaginado, me robaste la vida, secuestraste algo de mi historia, y estoy intermitente, expectante –como nunca– de mi vida...
No espero, tanto, una aprobación a mi vida ni una mano que acaricie
Solo tengo preguntas a la nada y miradas y caricias para todos
No doblego ante mí ni por un poco la posibilidad de comprensión ante todo ni el poderoso sentido de la imaginación ni una mirada perdida —cual de niña—
Y en ese poderoso hecho de pensar olvidar el raciocinio por un rato y dejarme ser por el vértigo
Un ojo de agua que llueve la incongruencia que el viento le roba a la luna
Un sopor seco que aprieta y apremia la garganta de ese fósil colgante que es mi cuerpo lábil débil grave palabra
La quietud instalada en lo profundo de una ciénaga ciega presurosa oscuro rezo de un olvido que ahoga y grita sinrazones nada ciénaga cien nada nada cierra
y un piano con un solo en fa mayor y una música sin verbos como esta poesía que no cumple con eso
Recóndita huella de un pasado que no fue ni mejor ni peor sino pretérito anterior (obsoleto y arcaico) pero sin un dejo de perfectivo , o no, solo eso la rayuela pisada y borroneada en las baldosas gigantes de un colegio en la calle Esmeralda
La ventana lagrimeaba. Y él se preguntaba dónde había perdido su sombra. Los cigarrillos apagados, pero todavía humeantes, se acumulaban en el cenicero que parecía gritar «basta, cuidá tus pulmones –o al menos dame aire a mí–». El bollito de papel con una sentencia atiborrada de nada, y de todo, estaba frente a él, mientras él mascaba vaya a saber qué cuestiones de qué índole cuasi filosófica, o filosa, por lo menos. Se apretaba las manos, se mordisqueaba los labios, hacía ruidos guturales, como si alguno de esos gestos, bien lo sabía, innecesarios, lo fueran a distraer de sus pensamientos. Miró la biblioteca y se preguntó por qué tantos libros que no leía. Y algunos, mal escritos. La migraña volvió a atacarlo con sus dedos punzantes, deslizó un quejido y se estiró como un gato, decidió estirar sus largas piernas y salir de ese letargo inhumano. Se corrió el mechón que a su edad ya tenía que dar por muerto, se paró con fiaca y se fue.
No había más papel higiénico, ni jabón. Lo anotó en una página en blanco de un block imaginario y se encaminó, mejor, a prepararse un mate cocido. «No importa», se dijo, «podés bañarte con jabón blanco», continuó. Abrió la lata de yerba, puso la pava en el fuego de la izquierda, al fondo, y se recogió el pelo con una birome vieja, sin tapa, carcomida y seca. Buscó en el lavadero el jabón blanco y al mirar los broches se dijo que, tal vez, eran más acordes para su rodete pre-baño. Sonrió con una mueca extraña.
«Poder de síntesis, ¿dónde estás?». Agarró la tijera y cortó el flequillo que lo venía acompañando desde su adolescencia; pero sabía que, al igual que esos pelos que se iban por el agua del inodoro, la tenía que dejar ir. Puteaba de manera inusual cada vez que veía en la tele a un pseudo-psicólogo que hablaba de adolescencia tardía. «¿Quién era el dueño de los tiempos internos? ¿Acaso había clics que determinaban, como hitos históricos, cuándo uno pasaba de una etapa de su vida a otra?» Recogió las llaves de arriba de su escritorio y salió, no sin antes darle agua a la tortuga. Afuera llovía, pero no usaba paraguas.
El agua caía y caía. Tibia, sobre su piel. Se estremeció. Cerró los ojos de golpe, pero pronto se dejó estar por esa agua que se deslizaba por su cuerpo, por su pelo, como un mimo suave. «Amniósis», pensó un neologismo, su pasatiempo preferido. Tomó los pedazos informes de jabón blanco y comenzó a deslizárselo por el cuerpo. La espuma la retrotrajo a su infancia e instintivamente, una reminiscencia con aroma a coco se apoderó de su baño. Suspiró.
Miró para todos lados. Y miró para abajo, el ruedo de su pantalón era un caldo que se iba a transformar en una gripe a muy corto plazo. Encogió los hombros, ¿qué otra cosa más podía pasarle?. En ese momento sonó el celular, dudó entre atenderlo o no. Dejó de lado, una vez más, al azar y atendió. La voz del otro lado, luego de unos segundos, le provocó, en ese orden, sobresalto, intriga, sorpresa y sonrisa.
Cerró las canillas. Tomó la toalla y el pomo de crema para el cuerpo. Siguió con el ritual de cepillo de dientes dentífrico enjuague e hilo dental. Desenredó el pelo con antipatía y gozo a la vez, por lo largo que lo tenía. Entró Ismael a tomar agua del bidet. Le acarició el lomo. Cayó la toalla a sus pies.
De golpe, la ventana dejó de llorar. En la pared de al lado, la pava hervía.
Tus ojos se cerraron por un rato, y tu pecho late al compás de tu ronquido suave, que es música y aliento a vida en mí… Tu boca, a la espera de un furtivo beso, se abre almibarada impunemente sin darse cuenta de ello. Y tus alas quedan plegadas en tus omóplatos, protegidas de los roces de este mundo, que te hace caminar, paradójicamente, con esa tranquilidad y seguridad que me abruman, que me quitan el aire, haciéndome presa de una envidia sana por no saber (¿poder?) manejar los borbotones de sentimientos que se anidan en mí. Y hago una espiral con mi cuerpo y me acuclillo a tu lado, a la espera de ese abrazo que, más temprano que tarde, llegará. Y me quedo embelesada observándote, e imagino esos sueños que nunca recordás: un castillo de cartapesta de tu infancia, una charla que tuvimos, uno absurdo –como todos–, uno musicalizado por vos, hay tanto que podrías soñar… Y me conformo con suspirar, apagar la luz, y soñar con vos…
* o «mi» Plegaria para un niño dormido… (solo que vos no creés…)
Vos y la vida se empeñan en hacerme tirar para adelante. Y la garganta que me duele por alguna angina mal curada o un frío mal chupado o un grito que se [me] atraviesa ahí mismo, se siente más suave y menos dolorosa. Y está tu caricia contra cada raspón, contra cada ceguera por broncas, por una inspiración que no llega, por la exigencia contra un mundo que no es ni mejor, ni menos peor, ni nada más que un mundo real. Estás vos, ojos chinos, beso, ojos y abrazo eterno. Pero la vida no da golpiza sin puntada, ni sin hilo, ni sin ring, porque ahí algo bello aparece: menos bronca, menos gritos, o una palabra inesperada en un contexto inesperado, y tal vez una presencia que no sé si alguna vez se fue, o la olvidé, vuelve sin que una la llame. Y el resultado da sonrisa.
¿Ves que el cielo no se puso tan negro? (...o a mi locura se le pasa enseguida...)