No estaba muerta..., tampoco de parranda... (solo ocupada)
Por ahora, los viajes me llenan de una paradójica energía y de tiempo para leer.
En este tiempo, me enteré de un montón de historias de supervivencia...
El olor a consultorio odontológico es un aromatizador de cartera.
* Con letra chica: No quería que pensaran que mi espacio se estaba desdibujando, prontito vuelvo ... (estoy debiéndoles el diario de viaje... No crean que me olvido)
Estoy casi desnuda y con pedazos en carne viva, así y todo, siguen diciendo que estoy hermosa... Se termina otro diciembre, y otro año más, y recuerdo que el que terminó el año pasado fue húmedo –casi en su totalidad–, como este que ya está a centímetros de llegar a su fin. No me interesan los balances, ni creo en deseos cumplidos con posterioridad, a excepción de los autocumplidos, de aquellos que salen de nuestras vísceras, de la pasión que le ponemos a la vida. Pero lo que sí es verdad, debo reconocerlo, es que si yo hubiera podido evitar ciertas cosas que acontecieron este año, si hubieran dependido de mí, habría «ejercido» deseos autocumplidos. Sé que el llanto del año pasado fue muy diferente al que llovió este diciembre; sé, además, que soy otra Julieta que la que vivió el diciembre pasado, que le da valor a lo que cree más trascendente y supremo en la vida. Sin embargo, algo sigue intacto: mi capacidad de llorar, ese hecho que por momentos me nubla la vista para el raciocinio, y tal vez, solo tal vez, ese pueda ser mi deseo para autocumplir en el 2009... Mientras tanto, seguiré armándome como una guerrera, una luchadora en pos de mi felicidad, y quién te dice que el diciembre próximo sea de clima seco...
Hoy, posiblemente, estarías sobre un escenario o, tal vez, no; hoy podríamos hablar de muchas cosas; hoy conocería tus ojos tan expresivos; hoy cumplirías sesenta años que te fueron arrebatados justo a la mitad...
Soy de cristales esparcidos por varios lados mi cabeza está dividida meiosis mitosis hija biológica bio pero sin lógica y una vida de rocanrol sin serlo trasnochada esperanza y trabajo y arduo y preguntas de las que me harta imaginar las respuestas. Y me quedan veinticinco páginas y esto no avanza y no sé dónde estamos hacia dónde no-vamos (¿o creés que sí?) Y no esbozamos sonrisas de ningún tipo ni factor. De riesgo. Tediosa imaginación y espacio. ¿despacio como nunca cumplimos? Y sigo acá con mi corrección por ahí se me ocurre algo...
Todos somos los suficientemente diferentes como para que el mundo sea interesante. Reconozco que siempre me consideré redonda (a pesar de tener un nombre que es mixto, porque tiene curvas y un vértice en la «t»), más allá de las redondeces que adornan mi superficie corpórea, hoy. Una intuición creció en mí y albergó una idea de que lo sensible era redondo y de que las palabras con pronunciación fricativa o con ciertas letras en su haber estaban armadas por lineas rectas. Hoy soy un interrogante, como siempre, y me borro la felicidad y la calma para cuestionarme si entro en un cuadrado, si un cuadrado entra en mí, si continúo siendo redonda, si alguna vez lo fui. Y tal vez, se me pasa la vida. Y así, sin más, me encuentro en una reunión, o simplemente transitando en un auto, con familiares, volviendo de algún lugar no-lugar como los de Augé, y se produce una caída como la de las de las películas –en donde los protagonistas vienen de otro momento histórico y caen de «la nave» a una carro con heno...– y me veo escuchando algo acerca de la situación política del país, y ahí nomás, me doy cuenta de que me embargó la ajenidad, y creo que mi mundo es solo lo que pasa en mi cabeza. Y me ahogo. Sí, me ahogo de no tener nada que escribir más que mis huecos disfrazados de poesía, mi santa queja cotidiana, de mi tedio eterno en referencia a todo. Y me aburro, me aburro de solo mirarme el ombligo, de olvidarme de observar lo que me rodea y clama mi presencia. Y aunque últimamente solo viajo en subte y en el 132 que siempre está lleno –al menos, a la ida–, tengo ganas de un cambio de hábito, de una carcajada duradera, de que los que me lean no piensen que es más de lo mismo, pero que, fundamentalmente, yo esté segura de lo que me llena adentro y nadie lo sabe; ni que me avergüence por lo que siento y pienso, aunque no sea compartido.
Y mis ojos frágiles, en este instante regalan migajas de luz.
Beso que galopa desbocado embobado a un encuentro de salivas alientos desgarros curvas imposibles (como si de lo posible se hablara demasiado) y ojos abiertos como ventanas de verano esperando placidamente una bocanada de aire que calmara el calor que fluye desde dentro de las entrañas extrañas que hablan por sí solas.
Y digo cosas con mi cuerpo y grito literal y amadamente y acaricio las espirales que tu bello vello mezclado con el sudor apasionado dibuja en tu piel.
Y me reconforta saberte pleno como si la felicidad se tratara de eso.
Ayer vi un perro lámpara y soñé con espejos y aletargué la muerte otro rato y pensé en campos de cerezas y lagrimeé un rato –como siempre– me refugié en cajasbobasconsuelo y dije: «pongo un freno» Y hoy, algo hice.
En un espacio inédito y palabras que no quiero ni puedo sacar. Y hay miles y miles de preguntas como calesitas multicolores y una fuerza que me hace pleniúnica y plenilunar... No necesito a nadie más que a mí para este encuentro que me llena de orgullo porque solo soy yo... Y las preguntas las vuelo como a moscas y que sigan hacia otro lado total la que es de carne y hueso y sangra y late soy yo ellas, pobrecitas, son parásitos de mi cabeza...
En este tránsito lento que es mi coyuntura actual, la semana pasada buscando un libro para mi cuñadita menor –tiene once años recién cumplidos–, encontré un libro de mi infancia y dentro de él, una cascada de recuerdos. Y por diferentes momentos estuve entre aquí y allá. Y se sintió tan bien...*
*ojala me mires a los ojos y la nena que soy te enternezca, te haga un guiño y salga a jugar con tu alma tierna...
El perfume a flores recién cortadas a la salida del subte la abrumó. Pero le sirvió para sacudirse su encogimiento. Esa sensación la llevo, irremediablemente, a recordar las palabras santateresianas que su madre esparcía a su alrededor cada vez que ella se embrollaba en situaciones sin retorno. Romaria miró al cielo y descubrió que una musica funcional que no combinaba con su interior iba subiendo desde sus pies a la cabeza. Temió un vahído. Falsa alarma. Mientras el contexto se confabulaba con el cielo celeste para ignorarla, ella seguía caminando sin rumbo y hacia algún lugar. En otro kiosco de flores vio un tulipán rosado. «Los tulipanes nunca tienen perfume», pensó; y como sucede siempre en los soliloquios, no obtuvo respuesta. Llegó a su casa, saludó, hizo un llamado telefónico y se acostó sin prisa y sin pausa. Esa tarde durmió una siesta tranquila. Se despertó de noche y con desazón, pero descansada, «¿Y ahora qué?», soliloqueó nuevamente. Estaba inapetente y el humo del cigarrillo la circundaba en un abrazo impreciso y aburrido. Decidió que no estaba en condiciones de seguir embaucándose en teorías que no la llevaban más que a un umbral agónico y sufriente. Pero su vida no era dramática, era ella la que se sumergía en las aguas fangosas de la angustia por merito propio, nadie la empujaba hacia ese lugar. Tenía que mover su vida hacia otro rumbo, tal vez no tan desconocido, pero salir de ese ahogo estupido e irracional. Tenía que tomar esperanza, aunque sea de una canción, de un gesto o palabra amable. Lo sabía, había alguna salida.
Sonrisa plátonica para un desquicio y una lágrima que me hacen demente
Y poemas-nada y todo y la puerta abierta hacia un patio de juegos y el olvido fortuito de una tristeza que ahoga
Y la plena conciencia de un cambio inminente que salve mi historia y borre la sonrisa platónica y la iguale a una felicidad que calme mi alma enjaulada y serene mis parpados y entierre la congoja y olvide lo que significa y no sea un ancestro ni siquiera a remembrar
Brotes de ternura
en este espacio blanco que es mi interior blando blanco pintado de pajaritos y mariposas incomprensibles
¿Alguna vez sabrás que había detrás de estos cuencos que di en llamar «de jade» –para que así los nombraras–, ese febrero tibio? ¿Pensás, de verdad, que es cierto lo que imaginabas? Yo solo esperaba magia, y encontré mucho, mucho más que eso...
Pero no importa, porque hayas pensado lo que hayas pensado, imaginado, sentido, ese febrero, esa noche que fue mucho mejor que la mejor película de amor que yo hubiera imaginado, me robaste la vida, secuestraste algo de mi historia, y estoy intermitente, expectante –como nunca– de mi vida...