La incertidumbre no duele. Lo que duele es la certeza de lo inevitable. La piel de lo que conocés y no querés ver. La desidia, el desinterés, la ceguera ante algo que está ante tus ojos y que no querés –o no podés– ver. La vida continúa y continuará por los siglos de los siglos, y esa esfera de polvo que sos quedará flotando hasta que el Universo termine. Valen el estoicismo y la capacidad de saber que caminando –aunque no se llegue a Roma–, te van a llevar al lugar que vos conducís. Y eso es crecer.
Me estoy enamorando de la vida, cosa loca a los treinta y cinco años... Pero trueco la culpa por la responsabilidad y la conciencia. Elijo qué leer y cuándo, y ahorita disfruto de las ventanillas y el sol dorado de las primeras horas de la mañana. Y en el último tiempo, de las enfermedades y las muertes y las tristezas o simplemente la vida, recorro con mis ojos miopes las facetas de colores de cada instante que siguen regalándome las ganas y las sonrisas a carcajadas, mientras disfruto de horas de trabajo en una tarea que no tiene nada que ver conmigo, pero sí, con la gente con la que laburo... Y eso me da fuerza al llegar a casa y planificar mi futuro (y soñar en regalarle una alegría a mamá o lo mejor de mí a mi amor y a todos los que le plazca a mis ganas...) Y encuentro raptos de cordura necesaria para mí (y no) y para los demás (y no). Me siento vital, me siento sabia (con savia por mis venas). Y luchadora. Y vuelvo a cambiar los miedos y la culpa por cierta madurez sensata, pero no aburrida. Y te dejo leerte en mis ojos y en mi piel plagada de vos... (y de mi aire que me respira fulgurando mi piel)...
Es lindo sentir que una puede sostenerse sola (a pesar de tus dos alas).
No pensaba escribir hasta terminar con la locura que me abraza, pero decidí, en realidad, hacer una excepción y dejar que hable alguien que me acompañó durante mi adolescencia y hasta hace unos años, también, (de hecho, estuve buscando un libro para mi amor, que dicen que está agotado), ahora, desde el cielo, porque me acabo de enterar de que se fue hoy...
Primero, una poesía que siempre me gustó, por la historia (que es difícil de encontrar de manera tan fotográfica en este género) y por su cadencia majestuosa, por supuesto, en su propia voz...
Luego, una yapa...
¡Adios, Mario! (allá, en el cielo, buscá a un rosaringuino llamado Roberto, con quien seguro vas a poder tomarte unos mates...)
De un tiempo a esta parte, estoy viajando tres veces por semana en tren, transporte que permite ver diferentes realidades, que, indefectiblemente, motivan preguntas en mi cabeza loca. Y algo que moviliza mi ser mujer, mi instinto de madre –maternidad aún ausente– y una pregunta de orden, casi, antropológico y social ronda acerca de el amamantamiento. Varias veces al viajar en tren (y una en el subte y otro par en el colectivo) vi a mamás jovenes y a niños muy pequeños buscar la teta para chupar, o dormirse o para alimentar a sus hijos, con una naturalidad pasmosa, que desequilibró a mi pacatería pública... Y ahí mismo, o acá mismo, me respondo si es que ese desequilibrio no fue otra cosa que descubrir que, en realidad y seguramente, lo natural sea eso y no las reflexiones morales y culturales que me formaron a mí. En torno a esto, también, me sorprendió escuchar a una prima, de la que jamás hubiera imaginado, decir que ella estaba amamantando a su hijo de nueve meses y que iba a hacerlo hasta el año. Y me cambió, gratamente, la mirada sobre ella. Entonces, asumo que es una decisión personal hacerlo o no, que no estamos acostumbrados a ver tetas de mamás jovenes en viajes en tren, y ponemos la boca en o, o nos sumergimos en miradas huidizas o colores rosados, mientras que en la televisión está permitido, con una impunidad pasmosa, rebajar a la mujer al lugar menos natural y perverso de todos, al de objeto sin sentimientos, al de cosa. Entonces, me pregunto, ¿acaso alguien niega que haya sentimiento en 'pelar la teta'?
En este último tiempo, estoy presa de un mareo molesto, que no sé si es real, y no me atrevo a indagar al respecto. Por otro lado, me pregunto cuán literaria soy... Y las respuestas no son lo coloridas que yo quisiera que fueran... Estoy presa de un tedio, de un aburrimiento zigzagueante y punzante de palabras y acciones irrefrenablemente angustiosas... Pero percibo que el olor a las mandarinas que están en la heladera, sumado al chocolate empalagante que revienta mi estómago y desborda mis pantalones con su panza, a pesar de todo, son un síntoma de que algo tiene que salir de una buena vez. El olvido sigue siendo mal consejero, pero a pesar de que no voy a atarme una cintita en ninguno de mis dedos, sigo apostando a las casualidades y al buen olfato.
No estaba muerta..., tampoco de parranda... (solo ocupada)
Por ahora, los viajes me llenan de una paradójica energía y de tiempo para leer.
En este tiempo, me enteré de un montón de historias de supervivencia...
El olor a consultorio odontológico es un aromatizador de cartera.
* Con letra chica: No quería que pensaran que mi espacio se estaba desdibujando, prontito vuelvo ... (estoy debiéndoles el diario de viaje... No crean que me olvido)
Estoy casi desnuda y con pedazos en carne viva, así y todo, siguen diciendo que estoy hermosa... Se termina otro diciembre, y otro año más, y recuerdo que el que terminó el año pasado fue húmedo –casi en su totalidad–, como este que ya está a centímetros de llegar a su fin. No me interesan los balances, ni creo en deseos cumplidos con posterioridad, a excepción de los autocumplidos, de aquellos que salen de nuestras vísceras, de la pasión que le ponemos a la vida. Pero lo que sí es verdad, debo reconocerlo, es que si yo hubiera podido evitar ciertas cosas que acontecieron este año, si hubieran dependido de mí, habría «ejercido» deseos autocumplidos. Sé que el llanto del año pasado fue muy diferente al que llovió este diciembre; sé, además, que soy otra Julieta que la que vivió el diciembre pasado, que le da valor a lo que cree más trascendente y supremo en la vida. Sin embargo, algo sigue intacto: mi capacidad de llorar, ese hecho que por momentos me nubla la vista para el raciocinio, y tal vez, solo tal vez, ese pueda ser mi deseo para autocumplir en el 2009... Mientras tanto, seguiré armándome como una guerrera, una luchadora en pos de mi felicidad, y quién te dice que el diciembre próximo sea de clima seco...
Hoy, posiblemente, estarías sobre un escenario o, tal vez, no; hoy podríamos hablar de muchas cosas; hoy conocería tus ojos tan expresivos; hoy cumplirías sesenta años que te fueron arrebatados justo a la mitad...
Soy de cristales esparcidos por varios lados mi cabeza está dividida meiosis mitosis hija biológica bio pero sin lógica y una vida de rocanrol sin serlo trasnochada esperanza y trabajo y arduo y preguntas de las que me harta imaginar las respuestas. Y me quedan veinticinco páginas y esto no avanza y no sé dónde estamos hacia dónde no-vamos (¿o creés que sí?) Y no esbozamos sonrisas de ningún tipo ni factor. De riesgo. Tediosa imaginación y espacio. ¿despacio como nunca cumplimos? Y sigo acá con mi corrección por ahí se me ocurre algo...
Todos somos los suficientemente diferentes como para que el mundo sea interesante. Reconozco que siempre me consideré redonda (a pesar de tener un nombre que es mixto, porque tiene curvas y un vértice en la «t»), más allá de las redondeces que adornan mi superficie corpórea, hoy. Una intuición creció en mí y albergó una idea de que lo sensible era redondo y de que las palabras con pronunciación fricativa o con ciertas letras en su haber estaban armadas por lineas rectas. Hoy soy un interrogante, como siempre, y me borro la felicidad y la calma para cuestionarme si entro en un cuadrado, si un cuadrado entra en mí, si continúo siendo redonda, si alguna vez lo fui. Y tal vez, se me pasa la vida. Y así, sin más, me encuentro en una reunión, o simplemente transitando en un auto, con familiares, volviendo de algún lugar no-lugar como los de Augé, y se produce una caída como la de las de las películas –en donde los protagonistas vienen de otro momento histórico y caen de «la nave» a una carro con heno...– y me veo escuchando algo acerca de la situación política del país, y ahí nomás, me doy cuenta de que me embargó la ajenidad, y creo que mi mundo es solo lo que pasa en mi cabeza. Y me ahogo. Sí, me ahogo de no tener nada que escribir más que mis huecos disfrazados de poesía, mi santa queja cotidiana, de mi tedio eterno en referencia a todo. Y me aburro, me aburro de solo mirarme el ombligo, de olvidarme de observar lo que me rodea y clama mi presencia. Y aunque últimamente solo viajo en subte y en el 132 que siempre está lleno –al menos, a la ida–, tengo ganas de un cambio de hábito, de una carcajada duradera, de que los que me lean no piensen que es más de lo mismo, pero que, fundamentalmente, yo esté segura de lo que me llena adentro y nadie lo sabe; ni que me avergüence por lo que siento y pienso, aunque no sea compartido.
Y mis ojos frágiles, en este instante regalan migajas de luz.
Beso que galopa desbocado embobado a un encuentro de salivas alientos desgarros curvas imposibles (como si de lo posible se hablara demasiado) y ojos abiertos como ventanas de verano esperando placidamente una bocanada de aire que calmara el calor que fluye desde dentro de las entrañas extrañas que hablan por sí solas.
Y digo cosas con mi cuerpo y grito literal y amadamente y acaricio las espirales que tu bello vello mezclado con el sudor apasionado dibuja en tu piel.
Y me reconforta saberte pleno como si la felicidad se tratara de eso.
Ayer vi un perro lámpara y soñé con espejos y aletargué la muerte otro rato y pensé en campos de cerezas y lagrimeé un rato –como siempre– me refugié en cajasbobasconsuelo y dije: «pongo un freno» Y hoy, algo hice.
En un espacio inédito y palabras que no quiero ni puedo sacar. Y hay miles y miles de preguntas como calesitas multicolores y una fuerza que me hace pleniúnica y plenilunar... No necesito a nadie más que a mí para este encuentro que me llena de orgullo porque solo soy yo... Y las preguntas las vuelo como a moscas y que sigan hacia otro lado total la que es de carne y hueso y sangra y late soy yo ellas, pobrecitas, son parásitos de mi cabeza...