jueves, octubre 12, 2006

La dos: Manda fruta

Acá va la segunda consigna del Taller, un mismo hecho, relatado por diferentes tipos de narradores. Con ustedes los hechos.




[El tuper]

Cuando uno tiene dos chicos chiquitos –lo cual implica cargar un bolso con media casa y un poco más, cada vez que se sale de casa– y la convicción familiar del vegetarianismo por opción –lo cual implica la preparación de una vianda completa por persona, cada vez que se sale de casa– es lógico que de algo te olvides. Errare humanum est.
Eso pasó hoy.
Cuando llegamos a lo de mis suegros, como todos los domingos, bajamos todos los petates –parecíamos de una mudadora– y al chequear el inventario tildé que la bolsa de pañales la hubiéramos traído (¡por suerte!), chequée que el cambiador estuviera, la cuna de viaje no nos la habíamos olvidado –sino Zoe no duerme la siesta, y eso es así sin exageración alguna–, los juguetes decían presente desde la bolsa de colores, el triciclo de Tim rodaba y las dos docenas de churros con dulce leche para el mate se pegoteaban contra el fondo del baúl del auto. Tim y Zoe fueron sacados de sus respectivas sillitas de viaje, y eso era todo, pero al acomodar todo entre la cocina, el patio y el living, me di cuenta de que el tuper con nuestro almuerzo había quedado en mi mesada. En mi cocina. En San Telmo. Y mis suegros viven en San Martín...
Putee por lo bajo –no soy de insultar ni de ponerme nerviosa abiertamente– y me acerqué a Ricardo:
– Mi amor, nos olvidamos la comida... –susurré a su oído, con una fingida sonrisa.
–¡¡Puta que lo parió, flaca!!– vociferó a los gritos, con auténtica bronca.
Mis suegros, mi cuñado adolescente, y su escuálida y nueva novia (¿se habrá quedado a dormir anoche?) nos miraron con un dejo de compasión y una cara de hayensaladadepapasigual...
* * *
Acá estoy en el supermercado –la flaca se quedó en casa de mis viejos–. Voy caminando por los pasillos entre las góndolas hacia el sector de verdulería y congelados (no sé por qué, peor siempre están cerca).
Llegué. A ver... (¿dónde puse la lista que me anotó la flaca con lo que tengo que llevar?). Acá está (¡qué quilombo tengo en el bolsillo!). Agarro dos bolsitas de nailon y pongo uno, dos, tres pepinos, y en esta otra pongo medio kilo de chauchas (¿habrán puesto la cacerola a hervir?). ¡Uh! Son las dos de la tarde. (¿A qué hora vamos a comer?). ‘Ta que lo tiró, che...

[Ovo lácteo es un sentimiento]

Era un domingo más. El carbón crepitaba en la parrilla y había clima a movimiento y algarabía en la casa, desde temprano.
El parrillero estaba en su puesto sacudiendo el fuego, y las moscas, y el ama de casa iba de acá para allá, acomodando los platos de madera, los cubiertos, la sal, las bebidas frías. Entró a la cocina para preparar la picada e intentar despertar a su hijo adolescente por décima vez. Miró la hora: era la una menos cuarto. Doce cuarenta y cinco.
Sonó la bocina: habían llegado Ricardo, Marcela y los chicos. Lástima que eran vegetarianos. Pobre, con lo que le gustaban los asados al Viejo, el ritual de prepararlos. Y a Ricardo no. Bueno, la esperanza estaba puesta en Damián.
En el preciso instante en que pensaba esto, se produjo una batahola en su cocina: irrumpieron Ricardo y Marcela cargando cada uno a uno de los chicos, y desplegaron entre la cocina, el patio y el living sus pertenencias (esta vez no se olvidaron los churros). Se encontraron en el medio de la cocina con Damián y Flo, su flamante novia, que manifestaban abiertamente una reciente ducha... Decidieron salir al patio porque el Viejo anunció que ya estaba casi listo. En ese momento, Marcela se acercó titubeante a Ricardo y le susurró algo al oído. La alegría dominguera de Ricardo se transformó: se habían olvidado la comida, y ellos eran ovo lácteos. Y en esa casa lo más parecido a algo verde eran las plantas de los canteros. Y no eran comestibles.
Zoe y Timoteo empezaron a llorar.

[Tipo que brócoli no]

Tipo que no lo puedo creer. Hoy es la primera vez que me quedo a dormir en lo de Dami, y acá hay un lío...
Resulta que Ricardo y Marcela, el hermano mayor de Dami y su mujer, no comen carne (¡qué horror! ¿nunca un Mac?), y bueno, es como que llevan su comida a todos lados, pero resulta que estamos por sentarnos a comer y se acaban de dar cuenta que se olvidaron el tuper en su casa. Pobres. Ahora están todos callados, medio caracúlicos, menos mi Dami que hace chistes todo el tiempo para cambiar la onda.
Parece que Ricardo se va al super a ver si consigue algo.
Marcela le acaba de preguntar a la mamá de Dami si no tenía brócoli congelado, y ella revoleó los ojos, y negó con la cabeza..
Tipo que brócoli, ¡qué asco!

3 comentarios:

  1. Hola Juli!!!
    Soy Sebas, tu profe del taller literario CRUZAGRAMAS

    Que loco encontrar este texto en la Web.

    Estoy armando el blog de cruzagramas
    cruzagramas.blogspot.com

    Si querés podés agregar el feed de cruzagramas en tu blog

    http://cruzagramas.blogspot.com/feeds/posts/default

    Yo tengo pensado armar una sección con los feeds de los blogs de todos mis alumnos (así publican sus textos en un lugar común)

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  2. Sebas: ¡qué linda sorpresa...! Y parece que todos los caminos conducen a cruzagramas o a malaspalabras, o a cruzarnos (si hasta nos cruzamos en un banco...)
    Quiero verte, charlar un rato y contarte sobre qué anda mi vida...
    En fin... Lo de los feeds no sé cómo lo agrego a mi blog, pero veo qué hacer, y sino explicame...

    Besos miles, y hasta pronto:

    Ju

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Sin caer en la tentación de ser pedante, descubro que la polifonía y la hipertextualidad me han hecho más rica.
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