jueves, junio 08, 2006

Citizen Juli

Durante mucho tiempo temía ir a marchas –tal vez parte del prejuicio por la historia familiar–, hoy pienso que es una experiencia maravillosa que ningún ciudadano puede perderse –amén, por supuesto, de ser un derecho adquirido–.

La primer marcha que fui, si no me traiciona la memoria, fue en el aniversario del caos del 19 y 20 de diciembre del 2001, el 20 de diciembre de 2002. Fui con Luciano, que en ese momento era un amigo flamante–hoy es un amigo entrañable–, con su hermano, con Cami, su novia, y me acuerdo que me encontré con más gente “que estaba en la misma”. No es joda, pero la verdad que la emoción que se siente es realmente indescriptible.

La siguiente vez fue cuando regresé de Europa, en marzo de 2003, para decir No a la guerra –que por supuesto no nos iban a dar pelota–, pero la suma de ver tanta gente reunida, en masa, de las más diversas clases sociales, de las más diversas capas etarias, en fin, viviendo un frenesí único valía ciento por uno la pena transitar un sábado a la tarde.

Después de eso siguieron más: hubieron veinticuatros de marzo muy conmovedores, movilizantes al extremo, y siempre con ese espíritu de fiesta, de excitación de masas.

Por diferentes circunstancias –o por excusas, no lo sé– hace tiempo que no voy a ellas. Sí, tuve participación activa en otras cosas, colaboré con las Abuelas, el año pasado fui fiscal de partido, y la sensación de “hago algo” es realmente extraordinaria.

Todo esto, descolgadísimo, viene a colación de que hoy, mientras laburaba, pasó la marcha que se dirigía hacia el Rectorado y las ganas de ir –realmente no podía salir corriendo–, la necesidad de ser participe eran enormes, y empecé a encontrar algo que tenía dormido y era la cuestión de salir de mi metro cuadrado, de dar, porque siempre se recibe mucho más (como cuando iba al Hospital de Niños o cuando dábamos de comer a la gente de la calle). La actividad, el movimiento, más allá de la obviedad de que no adormece, genera alegría, da vida, y siembra flores, en los lugares más áridos.

Y en la grisitud en la que me encontraba hoy apareció un rayo de sol.

2 comentarios:

  1. Y la dictadura uruguaya se estaba terminando, y yo era un niño saliendo de la escuela, y mi viejo había safado de las persecuciones políticas, y varios amigos tenían a sus padres presos, y a sus padres desaparecidos, y a sus padres exiliados, y a sus padres torturados.

    Y yo tomaba la bandera, me sumaba a la masa (que proteje, que ensancha el alma, que refuerza las ideas), marchaba por democracia, por prespuesto, por justicia.

    También con frustracciones a veces, como cuando aquí nos movilizamos para derogar la ley de impunidad militar, el famoso voto vere que no ganamos, y seguimos conviviendo con torturadores y asesinos.

    Pero sin lugar a dudas lleno de luchas, lleno de ideas, lleno de marchas.

    Gracias por tus malas palabras, que reflotan recuerdos, y siguen empujando sueños.

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  2. Gracias...
    Y a seguir..., siempre a seguir...

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Sin caer en la tentación de ser pedante, descubro que la polifonía y la hipertextualidad me han hecho más rica.
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