sábado, junio 17, 2006

CMYK (relatos fragmentados de una noche divina)





Flores de otoño

Empiezo a escribir estas líneas arriba del colectivo (contradicción en sí misma con el mundo del blog, pero auténtica situación para el que escribe). Lo más loco es que el único papel que encontré con algún espacio en blanco dentro de mi multifacético bolso es un Diagrama de Gantt para el trabajo de Fundamentos, de fin de año –del pasado–… (¿señal del destino…?)

Hoy me siento más linda, gracias a vos, o mejor dicho a tus titubeos, a tus avances y retrocesos, o tal vez a ese reflejo en mundos paralelos que encontramos en el espejo que es el otro. Hoy me siento más linda, con mis botas viejas, mis jeans gastados, mi polerón que compré el primer año que me fui de vacaciones sola, con mi raído sacón verde, me siento brillante, luminosa…

Hoy me quiero lavar la cara –no las manos– por los dos, pero quiero decretarte, por ahora –o para siempre–, mi Oliverio personal…

Hoy me mostraste algo, y no te diste cuenta, no importa: será mi tesoro. Estoy contenta con y por ello.

No sé por qué pienso en Cortazar, pienso en La Maga, ¿será por la cercanía del parque? No lo sé. Y me acuerdo del día que encontré la tumba de Cortazar y leí una carta que le había dejado La Maga (no la real, pero sí el reflejo de tantas otras que lo son, que lo fueron, que lo somos, que lo fuimos...). Había un reloj, también, en su tumba. Hoy, para mí no hay tiempo, no me importa.

En la esquina de mi laburo hay un vendedor de flores, que está sentadito al lado de una panchería desde el verano, y sin embargo, y a pesar de que sea otoño, tiene flores todo el año: tal vez sean más opacas, de colores más pálidos, más cyan, más magenta, más amarillas –no sumadas, porque no dan negro…–, tal vez sin perfume, casi secas, pero me da ternura, siempre acomodándolas, algún día voy a comprarle algunas, pero me alegra: porque hay flores a pesar del otoño...

Fiesta

Hoy me animé a comer sola, afuera, por primera vez, mientras esperaba a Lore y Juan (¡toda una decisión!). Ya había ido al cine y al teatro sola, pero nunca había hecho esto porque me causaba cierta tristeza ver gente comiendo sola. Pero uno mismo no es una mala compañía, todo lo contrario, sobre todo cuando encontrás un lugar acogedor que te recibe al son de Naranjo en flor, canción que siempre me pareció encantadora la cantara quien la cantase. Y la guitarra, como compañera, nunca falla.

Hay lugares que son de uno, y otros, que no. San Telmo no me decepciona nunca. No sé si me hubiera animado a esto, en Palermo.

Hoy, definitivamente, me volvió el alma al cuerpo, por muchas cosas: las berenjenas con pan, el vino –otro compañero irremediablemente fiel ¡servido en vasijita y vaso de cerámica!–, el momento conmigo, San Telmo, la guitarra de fondo, mi propia música interior, saber que vendrán los títeres dentro de un ratito…, la comida casera –aunque no sea de “mi” casa– de Mendoza (¿?). Y me encantó escribir en papel, en el momento mismo de la vivencia, de la sensación, como hacía mucho tiempo no hacía, para luego “colgarlo en la red”, para gritarlo a los cuatro vientos y compartirlo.

Y pienso en los títeres: eso habla mucho de mí, porque me quiero mostrar, pero no exponerme…

Suena Fiesta de Serrat, y todos cantan: los dueños del lugar y yo. Y estoy sonriendo, sola, con el alma nuevamente hilvanada a mí, abrazada, ella y yo, felices.

Agarro mis cosas –luego de cruzar dos palabras con la dueña del lugar y la chica que me atendió– y me despido para irme, agradezco la hospitalidad, ¡y me saludan con un beso y un abrazo! y Pocha –a la que veía por primera vez– me dice que vuelva y me regala un retortuño y me aclara que hay que regalárselo a alguien que valga la pena…, y que no me lo cuelgue, pero que lo lleve conmigo siempre. Me dio un abrazo, y me fui. Afuera hacía un frío que helaba, pero yo tenía el corazón cálido…


Sombras de ensueño

Crucé Independencia y enseguida la vi a Lore, me dijo que Juan estaba adentro. Nos fumamos un pucho y entramos. Yo no sabía qué íbamos a ver, porque si bien yo había insistido en que me acompañaran al festival, la info que había recabado al respecto era bastante escasa. No sé si fue Juan quien lo dijo, o lo leímos en el programa, pero supimos que era teatro de sombras. Me alegré mucho porque “las sombras” eran una deuda que me tenía.

La obra fue genial, pero lo aún más lindo fue que al terminar nos acercamos a felicitar a los titiriteros y al hacerles unas preguntas –que quede claro que no los conocíamos– nos invitaron a ir tras las bambalinas y revelarnos sus secretos. Para los que frecuentan el teatro, saben que este no es un hecho muy habitual.

Ahora me voy a dormir, rendida y feliz, tras una jornada llena de sorpresas y de mimos al alma…

4 comentarios:

  1. Es que nuestras ciudades a orillas del Plata, tienen ese que ese yo tanguero, tan único, tan nuestro.

    Montevideo, como Buenos Aires, tienen eso, y aunque a veces me siento algo cursi hablando de la ciudad, me sigo maravillando cuando otros (mágicos como tu) lo hacen tan bien.

    ResponderEliminar
  2. Gracias Gabriel por regalarme -nos- Montevideo, por hacernos cruzar al otro lado del río... Y es lindo que todos nos vayamos inspirando por los aires que transmiten las letras ajenas, a veces generadas por las propias.

    ResponderEliminar

Sin caer en la tentación de ser pedante, descubro que la polifonía y la hipertextualidad me han hecho más rica.
Deje su mensaje luego del beep. Vuelva cuando quiera.
Beep.