

(Este blog hasta el 21 está cerrado por estudio, shhh shhh shhh shhh hs...., pero su autora está contenta, no sé si por la lluvia, los amigos, la vida, o una conjunción de todo, por eso, los deja con dos amigos por un ratito...)
Un hombre espera en el desierto. Ismael Serrano
(Gracias macanudo amigo Liniers..., y poetísimo amigo de la hostia Isma...)
Aguas de Marzo
“…sao as aguas de marco fechando o verao
é a promessa de vida no teu coracao…”
Aguas de março. Tom Jobim
No quiero ser más un folio explicativo. Tengo la boca con fiebre, la historia cansada y una montaña rusa dentro de mi estomago. Estoy por dar el gran paso, el salto hacia algo nuevo, y me siento cubierta por una masa acuosa que, inexorablemente, me transporta a las clases de natación que tomábamos con mis hermanas hacia fines de los ochenta (¿o era a principios de los noventa?). Y papá con su traje impecable y su portafolio, esperándonos para volver a casa…
Ésta no puedo ser yo, si todavía parece que fue ayer cuando Ale y yo nos besamos, y descubrimos nuestros cuerpos de manera jadeante y suave…
¿Qué va a pasarme ahora?
Miro mis pies: mis sandalias son color peltre. Y de forma inmediata viajo a la foto que dejó olvidada Fernando en el libro de vanguardias: un charquito de peltre con florcitas ahogadas, y ramas. Tengo los pies hinchados: empanadas. ¡Pobre, mi hermana!: heredó los pies de mi abuela materna. Menuda herencia. Sin embargo, es feliz. Me alegra. En cambio, los míos van a volver a ser fotogénicos… Y vuelvo a Ale, ese invierno en que plasmó nuestros pies desnudos amándose, entrelazados. Ale. Suspiro y pestañeo. Mi amor.
Quiebro la postura, y trato de acomodarme. Me duele el cuello. ¡Uf! Las dos Mónicas… ¿qué habrá sido de sus vidas? Tarde de primavera densa del Microcentro, y nosotras encerradas en un departamento para terminar un parcial domiciliario, el que no pude ir a entregar porque la contractura de espalda me impedía, casi, respirar. Eso me pasaba con los exámenes orales y mis inseguridades. Y durante toda mi relación con Uriel. Ahora respiro calma…
Toco instintivamente mi vientre abultado, lleno de vida, colmado de mi amor por Ale…
Ale. Ale bicicleta violeta. Ale fotografía. Ale palabras de paz. Ale budista. Ale incondicional… Miro el reloj. Lo miro a él, que no para de sonreírme, como la primera vez, tímido, cruzando Córdoba, a mano izquierda.
¡Soy tan feliz, a pesar del miedo y la responsabilidad inevitables que nos esperan! Somos felices. ¿Qué estará pensando él?, ¿y nuestro hijo por nacer? Siempre intenté recordar desde cuándo empecé a pensar, o a darme cuenta de que yo era, existía. No lo sé. Tengo imágenes difusas: la casa del patio grande (que hoy debe ser pequeño, porque los recuerdos siempre vienen fallados desde fábrica), o el caramelo en el inodoro, que rescatamos con mi hermana, enjuagamos y luego deglutimos sin consecuencias ni lavajes de estomago. No lo sé. Sólo espero que nuestro hijo nos recuerde, cantando El reparador de sueños ahogados de alegría, llanto y canto desde el momento mismo en que supimos de su visita, o en las palabras de Ale, que se quedó, ocho de los nueve meses, dormido sobre mi panza elastizada, o a mí enseñándole mapuche, o a nuestros baños de a tres, porque el agua es el ambiente natural. Su padre es de Piscis, y él o ella, también lo será. Es marzo. Tengo los pies hinchados…
* * *
Tom y Elis silban desde algún cielo musicalizado. Me acompañan en mi tránsito hacia el pujo. Ale seca mi transpiración y mis miedos. Es marzo…“…Son las aguas de marzo cerrando el verano. La promesa de vida en tu corazón…”
[Mundo de sensaciones]
(Memoria emotiva)
- la voz acariciante de Gastón, hace un ratito, por teléfono;
- Agustín corriendo y abrazando mis rodillas, el viernes que vinieron Lu y Cami;
- Sandro sonando en el living de Vicky en las noches de Año Nuevo;
- el sol radiante, a la piel y los ojos, el día del casamiento de Eleo y Mat;
- la impotencia y el desconcierto, y la bronca, mías, y el llanto angustioso de Regi, el día que me dijo que el
evatest le dio positivo;
- Agustín bailando en mi cuarto, mientras yo me preparo para salir, y sonríe, y yo también (y quiero
abrazarlo y estrecharlo). La ternura que me da, y cuanto lo extraño cuando no está.
- el ahogo y el miedo ante las convulsiones de Regi;
- cosquillas en la panza cuando leo una poesía erótica escrita para mí;
- llanto ante el monitor, ante (frente) la impotencia, la alegría y el dolor:
- el compact negro que sacó Gastón de su mochila el sábado con el compilado para mí;
- el sabor de la salsa de las pastas de Mami Toy;
- los revueltos chocolatosos que Mily prepara de postre;
- el living blanco, soleado y florido de Luli y Fran;
- una canción que escuchás en el momento que la estás pensando sin querer;
- tararear “Ya lo sabemos” mientras imaginás el compact para Gas;
- la cercanía con y de Gastón;
- sonreír por la calle por algo que te acordaste;
- el olor de las fresias y de los jazmines, en cualquier lado;
- el pan casero de Eleo, en su vieja casa;
- el olor a coco (en todas sus formas y espacios...);
- los besos y abrazos recorriéndome;
- el gusto invasivo a cilantro en la comida de Cancún;
- el miedo a jugar en (durante) el recreo de inglés cuando estaba en mis primeros grados;
- el ahogo real en el cumpleaños número setenta de Mami Toy;
- el agobio durante el tiempo previo a la muerte de Nono;
- la sensación plena al terminar una obra de títeres;
- la conmoción al aprobar un examen con un 10;
- el azafrán y los perfumes (aromas) de Sevilla;
- el perfume a camisa recién lavada (y planchada) de mis ex;
- el perfume a polvo para lavar la ropa que nos dieron de muestra en una CASA FOA, a Francisco y a mí;
- los regalos de la abuela de Lore;
- el libro farolito lila que me regalo Mily;
- la tarjeta de Frutillitas para un cumple, también de Mily;
- la lunchera verde agua y el desodorante de frutillas, a bolilla, para un cumple (creo que los 12), que me dio
mamá un cumple que falté al colegio;
- la pirita –que ahora no encuentro y me desespera– que me regaló Germán cuando era chico;
- el vivero, en días nublados, de Miramar;
- las vacaciones, todas, creo, en Miramar;
- Asís, y las ganas de llorar;
- la lapicera con la que escribo, sin lugar a dudas, el mejor regalo que me hizo Julián;
- el día de mi confirmación, saltando en la cama elástica, donde siento que se terminó la infancia para
siempre (al menos, de edad);
- el cumpleaños aquel en que casi me atropella una combi;
- el día de sol, del bautismo de Agustín (y eso que hacía frío);
- la alegría-emoción-placer de ser reconocida por alguien que te vio una vez y te recuerda;
- que se acuerden de lo que decís;
- libros y música, sin ellos no puedo;
- la almohada finita, que ya es más un símbolo;
- el libro de arena y el libro de los abrazos: manuales de cabecera;
- leer a Galeano;
- leer a Benedetti;
- escuchar a Silvio (y no cansarte); escuchar al Nano (y no cansarte);
- despertarte un sábado con un hit de los ’80;
- los primeros bailes, con los lentos a distancia prudencial;
- mi cumple 18 preparado por mis compañeras,
- cantando bajo la lluvia en el acto de los veinticinco años del Golpe;
- el día que corrimos con Mabel, por Irala, creyendo que no contábamos el cuento.
(Si llegaste hasta acá, porfi, dejá una monedita..., o al menos un comentario...)
16/08/06
(Bah 17...)
[Once a day]
(Mi día)
Me estoy acostando a la hora en que algunos se están despertando, pero bueno ese es el hecho, y nada tiene que ver con lo que aquí voy a contarles.
El despertador se rompió hace rato –fruto del deseo inconsciente de que no suene– y esto hizo que fuera sustituido por el celular, que desviaría su función original para devenir en gallo cantor; en fin. Lo manotee al sonar –si hubiera sido gallo, pobre, lo hubiera estrangulado– y me autoconvencí de unos “15 más”, que por supuesto Morfeo estiró a treinta, y cuando amanecí tuve que bañarme rauda, comer una tostada de parado (en este caso que mi sexo es femenino, ¿será de parada?), chequear un par de mails que excusaba como urgida, y huir al trabajo. Resultado: el de siempre: horario habitual entre las 11:15 y las 11:20 hs.(horario de entrada real: 11). Beep.
Adrián me dijo que me había llamado mi abuela. Preparé café: mi cabeza seguía pegada a la almohada y soñando con los angelitos. Realicé un par de llamados –entre ellos, mi abuela, que me contó que mi prima había tenido una nena–, y me serví el café con leche de todas las mañanas. Llegó el escribano, y ladró, como todas las mañanas.
El trabajo aconteció con su burocracia habitual, bajé a almorzar a mi casa. Hablé con mi hermana, Regina, que anunciaba (ella también) el nacimiento de la beba de mi prima. Conversamos nimiedades y cortamos. Almorcé unas croquetas, chequee mails, chatee con un par de amigos y volví al yugo…
Ladrido dos del escribano. Café con leche de la tarde. Burocracia habitual. Mensaje de texto de Lore para recordarme el cumple de Fabi. Llamada a Fabi. Salida (¡Bien!).
Caminé a la parada del colectivo. Viaje hacia el taller. Llovizna, pequeña mojadura. Ingreso al taller.
Sebastián, alias El profe, y nosotros, nos presentamos. El pánico escénico hizo que olvidara mencionar entre mis autores amados, a Oliverio y a Galeano, en fin, cosas que pasan. Tiró las consignas del taller, realizamos un breve ejercicio, y nos fuimos.
En el colectivo me llamaron la atención tres chicos de gorro de lana.
Cené tarta de berenjenas –recalentada–, y una feta de jamón, mientras pensaba en este texto que luego vería la luz.
Chatee, chequee mails y lavé los platos mientras Morfeo me hacía masajes en la espalda haciéndome debatir con mi Superyo porque me gusta la noche.
Puse a recargar el gallo, y “me”, también, a escribir.
A domani, hasta mañana, au revoire, good night.
Ju♥
Cuando uno espera un hijo, a la mamá y al papá, hasta la segunda ecografía, en la que se ve definido y definitivamente el sexo del bebé –me niego a decir “feto”–, sumada a todas las preocupaciones y ansiedades que implica un embarazo (que conste que hablo por boca de jarro, porque no he sido bendecida aún con ese feliz acontecimiento), se le agrega la polémica en torno al nombre que va a llevar la criatura divina… (pueden existir casos extremos como el de mi hermana y Javier, que no quisieron saber el género de mi sobrino hasta el momento de nacer y estuvieron los nueves meses debatiendo entre ellos y con los demás, no sólo por no ponerse de acuerdo, sino porque todo el mundo opinaba y opinaba, como en aquel cumple de Lore…, en donde no paramos de tirar nombres que harían llorar a cualquier niñito por iniciar su vida en este mundo…)
De ello quiero disertar hoy. Si uno pudiera pedir desde la panza de mamá, que tengan piedad a la hora de “endilgarnos” algún nombre, creo que evitaríamos bastantes traumas, o predestinaciones que fueron sin lugar a dudas signadas por una decisión incorrecta, por una opinión inoportuna, por un ancestro amado –recientemente fallecido–, por ridículas tradiciones familiares, por algún siniestro éxito televisivo, y sigue la lista de fatalidades. Hay muchas aflicciones que le generarán traumas, como para agregarles esta desgracia desde el momento mismo que el neonatólogo le pega en la espaldita al neonato y se escucha ese grito desgarrador (“Déjenme de joder, se terminó la joda, y encima llego y me pegan…” (Trauma primero)), a continuación, el galeno palmea el hombro del padre y le anuncia triunfal: “Es una nena”, o la antigua partera dice “Machito”, y entonces ahí en ese preciso instante, los padres emocionados se miran y saben en su interior, que hay que darle la bienvenida a Nicasio o Eduviges…
En mi humilde opinión, creo que hay que tener en cuenta muchas cuestiones a la hora de elegir el nombre del vástago, porque tengo casi la convicción de que realmente hay nombres que definen la existencia de un ser humano (y tengo opiniones cercanas que me apoyan al respecto). Veremos algunos ejemplos. A saber.
Mi nombre es Julieta –por si a alguno le quedaba alguna duda– y soy extremadamente romántica y dramática. ¿Cómo hubiera sido yo, si me hubiera llamado, por ejemplo, Mónica? No lo sé, pero el personaje por antonomasia de la víctima del amor, de William Shakespeare es Julieta, y hace poco caí en la cuenta de de dónde vendrían algunas cuestiones de mis entrañas, pero ese es otro tema..., y recordé este hecho fortuito, del destino.
Una amiga mía me dijo una vez que el cargar con el nombre Soledad era realmente duro. Y son, yo creo, dictados muy fuertes, dictaminantes, valga la redundancia, del destino de una vida. Conozco chicas llamadas Socorro o Consuelo o Dolores…, tremendo.
Creo que hay nombres que responden a las ideologías paternas y que le dan al retoño una responsabilidad, una impronta que los marcará de por vida, los casos que me vienen a la memoria son Ernesto o Fidel…, esos niñitos no podrán ser ni por asomo, –y para soponcio de los padres– capitalistas, ni liberales…
Otro caso espantoso es el de los chicos que tienen nombres de personajes famosos, como es el caso de unos amigos, cuyo hijo se llama Román, y si bien la madre lo niega rotundamente por ser de River, tengo mis serias dudas al respecto de la elección de su patronímico, ya que su padre es fanático acérrimo de Boquita… Ni hablemos de los cantantes, actores y otras faunas… (sujetas al último grito de la moda)
Un caso peculiar es el de los niños cuyo nombre responde a objetos concretos como pueden ser astros, colores, flores, apellidos, lugares, etc. Se debe tener preciso cuidado en estos casos, sin olvidar jamás el gentilicio que lo acompañe –o los acompañe si además se agregagara un segundo mote–, conozco otro caso, en que a una niña le querían poner el nombre Azul, pero con buenaventura y tino, sus padres fueron piadosos, y fue vetado, ya que el apellido era Marino. A veces se da el caso de gente con lucidez, no abunda, pero existe.
Los onomásticos fueron durante mucho tiempo génesis para el otorgamiento de nombres, y es así que mis tíos abuelos se llamaban Eulalia, Remigio, Leocadia y Rogelia. No hay derecho. ¿Cómo habrá sido su infancia aunque esta haya sido a principios del novecientos?
¿Cómo llevar a cuestas semejantes atributos? Estrechamente ligado a esto, está el tema de las tradiciones familiares –con todo respeto, algunas muy pelotudas–, o los traicioneros homenajes, dictados por el corazón, que al caer en la cuenta ya es muy tarde, porque ese niñito que va al jardín padece el nombre de Quintino…
Igualmente le teoría que más me subyuga es la de la predestinación, como es el caso que mencioné primeramente, los llamados Gabriel, van querer ser realistas mágicos o ángeles, los Federicos, existencialistas o poetas o dramaturgos, las Reginas, madres, los Diegos, deportistas, las Victorias, luchadoras vanguardistas, y así infinidad de peculiaridades semejantes.
No debe descuidarse, como ya mencionara con anterioridad, la relación inseparable nombre-apellido, porque hay combinaciones dignas de un Reliveran. No a lugar a los nombres anglosajones con apellidos castizos, españoles, criollos o italianos. Prohibidas la vinculación sujeto-objeto, o adjetivo-sustantivo (Dolores Fuertes de Panza…).
Finalmente, voy a hacer mención al hecho primordial de la elección de más de un nombre. No es erróneo este gusto, pero es necesario que su composición sea armónica, porque el/la que luego padecerá y/o convivirá con este patronímico será el heredero, al que uno le desea la mayor felicidad del mundo, y no la vergonzante escapatoria hacia un apodo más digno que el nombre impuesto al nacer.
Un último caso, no menos prohibitivo es el de llamar a los hijos como un viejo amor o una persona que no fue de su agrado, nunca, pero nunca debe utilizarse este nombre, por más encantador y maravilloso que sea el mismo, porque el niño podrá sufrir las consabidas consecuencias del desplazamiento dentro del inconsciente materno-paterno…
Por eso es necesario que sea tema de conversación durante el noviazgo, o al menos desde la planificación familiar misma, para no encontrarse en la sala de partos sin saber que elegir y poniéndole a la niñita el nombre de la santa que protege al nosocomio, y termina detentando el nombre de María Ludovica…